Ocurrió en "La Sortija". Como es de suponer, por el nombre, plantada en medio del campo.
La luna tenía espacio de sobra para
alumbrar. Además de pocas casas, había escuela, destacamento policial,
teléfono, y un almacén de ramos generales. En ese lugar al caer la tarde, se
reunían los lugareños y campesinos. Allí, hacían sus compras y esperaban,
jugando a las cartas, la llegada del tren, que traía la galleta fresca de Juan
Eulogio Barra y luego seguía para otro pueblo, Coronel Dorrego.
Una noche, en el almacén de ramos
generales, dos amigos, aficionados a la aventura, pararon la oreja, cuando
oyeron el comentario que hacían los presentes.
Según afirmaban, los viernes por la noche,
aparecía la "luz mala" en una vieja tapera cercana.
En un divertido truco, sobre la mesa
sobada, entre el humo denso del cigarrillo, caras cambiantes de asombro, risas
y un naipe de por medio, surge el entendimiento de los dos amigos, al cruce de
una mirada.
Gringo y Cabeza, que así se apodaban los
muchachos, lo planearon todo. Convinieron en que se atarían; de modo que si uno
se asustaba, el otro no tenía más remedio que seguirlo.
Irían por la vía
hasta el camino que la cruza. De allí quedaba cerca la tranquera, y
aproximadamente a mil metros, la tapera.
Cuando llegó el día fijado, armados con
sendos cuchillos y linternas, los amigos atados, salieron de la pequeña
estación "La Sortija".
No calzaron botas, pues eran más livianas
las alpargatas.
El camino se les hizo corto gastando
bromas. Demás está decir, que después de cada suposición, daban rienda suelta a
las carcajadas. Se reían, sí, pero lo único que conseguían era asustarse, en
forma anticipada. Si en ese momento, un zorro hubiese salido entre las pajas, y
pegado un grito, les hubiera hecho perder la gorra.
Al pasar la loma, apareció la tapera, que
parecía una sombra chinesca, proyectada por el resplandor del anochecer. Cinco
altos eucaliptus la escoltaban como soldados de guardia. Avanzaban despacito;
se acercaban con suavidad, pues el menor ruido que provocaban, era motivo de
sobresalto.
Anochecía cuando se encontraron frente a la
tapera.
Una puerta de madera desvencijada, crujió
al impulso de un pie de los jóvenes. Las luces de dos linternas, iluminaron y
recorrieron el mísero interior.
Un gato negro, flaco, que parecía más un
montón de huesos con un cuero encima, se levantó entre las cenizas. Un ¡miau!
lastimero, lanzó el pobre animalito. Al ver el gato, no pudieron contener la
expresión: -¡La miércoles! ¡Vos sí que estas flaco hermano!
Como un eco de ultratumba se oyó una
respuesta que provenía del fondo, detrás de un tabique. Uno de ellos, que se
creía el más corajudo, pegó un salto hacia atrás, y como un resorte arrastró a
su amigo en la disparada. A los saltos, entre los cardales, corrieron a campo
traviesa, sin mirar hacia atrás.
Al cruzar las parcelas, dejaban, como las
ovejas, muestra de los enganches en los alambrados. Al llegar a la calle,
recuperaron el aliento y desataron las cuerdas.
Durante el trayecto de regreso, se
preguntaban si aquella voz rea humana o producto de la imaginación.
El
almacén aún estaba abierto. Las luces, los caballos y los coches así lo
indicaban.
Al aparecer los jóvenes en la puerta, se
callaron las voces del interior; a lo que siguió un bombardeo de preguntas.
Cosa rara para los muchachos fue no
encontrar al viejo nutriero, infaltable en las truqueadas. Preguntaron. ─¡Hace días que no viene por acá! ─fue la respuesta.
Fue suficiente. Otra vez el entendimiento de
los amigos, al cruce de una mirada.
Esta vez, no los movió la aventura, sino una
acción solidaria que pudieron concretar con alegría en el alma, pues brindaron
al nutriero la asistencia necesaria.
MI OPINIÓN SOBRE EL CUENTO
Parece una narración oral, en el sentido de que en lugar de crear
climas se recurre a palabras que significan desde lo denotativo lo que se
quiere decir, pero no desde lo expresivo, ni siquiera descriptivo (asustados,) y
a expresiones que no son propias en la creación literaria, sino de algunas
argumentaciones, sobre todo en el plano oral, tales como “De más está decir”,
“Como es de suponer”, que denotan la presencia del escritor más que del
narrador.
Las palabras, en la narración oral, van acompañadas de inflexiones en
la voz que destacan expresivamente lo que se quiere decir. Pero son insuficientes
en la literatura. Sobre todo cuando el lenguaje neutro no logra impactar en la
emoción del lector.
Contiene frecuentes aclaraciones para el lector que no conoce el ámbito
rural del distrito: “la pequeña estación de La Sortija”, antes “plantada en
medio del campo”, y otras del tipo ”Gringo y Cabeza” (quitarle el artículo “el”
a los apodos denota una postura como de “extraña” al medio, pues sólo en la
cultura escolarizada o de clase media se considera inadecuadas las formas “el
Gringo”, “el Cabeza”).
El estilo pasa a ser más expresivo al entrar en la tapera, etc.
Pero una vez que salen de ella, vuelve el tono inexpresivo, sin crear
clima de alivio ni de sorpresa, ni de descubrimiento de la verdad y su
consecuente compromiso ético, que se resuelve con una frase moralizante.
Un aspecto para nada
insignificante: la 3ra persona externa a los hechos, y el tono moralizante del
final, en palabras del mismo narrador, frustran el impacto expresivo del
relato, en una resolución demasiado rápida.
Una vez más, el límite no más de 2 hojas ha sido posiblemente un
obstáculo difícil de resolver. Un “detallle” a tener en cuenta por los
participantes desde el primer momento que planifiquen su relato.
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