viernes, 7 de enero de 2022

DISCEPOLEANA SIGLO XXI

     La consigna era escribir algo sobre unos versos de Alejandra Pizarnik: "Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo".  No le encontraba relación con ninguna poesía que pudiera escribir. Y me vino a la mente una idea, pero como un artículo de opinión.

                  DISCEPOLEANA SIGLO XXI

 

    Los sabios que estudian la casa del lenguaje, han ido desarmándolo y reconstruyéndolo, descubriendo su constitución y sus funciones, sus qué y sus para qué: su sentido.

    Para algunos, las palabras construyen la realidad. Para otros, la encubren, la disfrazan. La verdad está en la equivocación en el error. O los silencios hablan más que las palabras. Pero hasta el silencio es una palabra. De todos modos, las usamos para comunicarnos, relacionarnos, afirmándonos a la vez que existiendo para otros. Para preguntar, responder, pensar, hablar, escribir, amar, comerciar, estudiar, trabajar, jugar, crear…

    Todo idioma acepta la riqueza y diversidad de expresiones y significados. Pero el techo está sostenido de alguna manera: vigas que sostienen las dos aguas opuestas, cargas que con su peso defienden las chapas de la fuerza de los fuertes vientos…

     Pero cuando sus habitantes quieren cambiar la casa, olvidan una casi centenaria reflexión azorada del poeta tanguero:  Al hombre lo ha mareao / el humo, al incendiar / y ahora, entreverao /  no sabe dónde va. / Voltea lo que ve / por gusto de voltear / pero sin convicción ni fe.

Hoy todo Dios se queja / y es que el hombre anda sin cueva, / volteó la casa vieja/ antes de construir la nueva…. (*)

    Y así, el techo desaparece. La casa común se ha convertido en una trinchera. Por acción, como dice el tango, o por descuido, en medio del combate, del techo se volaron palabras como respeto, escuchar, comprender, razones, construir, proyecto común, libertad responsable, cooperación, honestidad, verdad. En ese contexto, en ese cambalache confrontativo, “cuando la mentira es la verdad” puede dejar de ser una ironía, un sarcasmo, pues en esa casa la cultura cae entre los escombros. Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesorLos inmorales nos han igualao… La ignorancia que ya ni sabe ni quiere reconocer su ignorancia, y la defiende como bandera, y es tenida en cuenta como cultura, los habitantes de la casa, terminan conociendo sólo el lenguaje informal, sin conocer ni reconocer tiempos y modos verbales, significados de las palabras, sin salir a veces de significados puramente físicos, insultos y vulgaridades. No hay metáforas ni lenguaje formal que nos permitan interpretar textos en “otras lenguas”, identificadas como el lenguaje de los enemigos, de los despreciables otros, que no son como nosotros, lo único que cuenta. La ideología misma es una palabra que  queda grande, pues se la confunde con eslogan, como si las ideologías se hubieran podido crear y desarrollar como tales con pobreza conceptual y léxica.

    Ese desconocimiento facilita que por el agujero donde estaba el techo ingresen palabras de otros idiomas, adoptándolas como propias, ignorando su significado y su sonoridad expresiva, sus intereses e ideologías implícitas, su falta de inocencia. De a poco, perdemos nuestras raíces culturales de donde proviene la savia que nos alimenta, la sabia comprensión y asimilación de las palabras provenientes de  otras tierras que nos traen los vientos.  

    En ese ambiente, los habitantes de la ex casa-trinchera que advierten el problema no son escuchados. Suelen ser expulsados. Para su bien, pues fuera de ese espacio que se vuelve un anti hábitat, se podrá construir otra casa. A veces, desde una isla cercana se puede construir un faro que ilumine la tierra de donde se proviene. Porque a veces, esa crisis de la casa del lenguaje, que es expresión  e instrumento de la crisis social, económica  política, da origen al desarrollo de la creatividad para re crear la  casa del lenguaje de estos tiempos. De las tinieblas una vez más puede surgir la luz…

 

(*) “¿Qué sapa, Señor?”, Enrique Santos Discepolo, 1931

                              

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