En el curso nos tiraron la consigna de qué haríamos si nuestra casa se transformara en barco. Y uniendo mi parte racional, de décadas dedicándome a las ciencias sociales a la parte creativa y humorística, con algo de satírica, me salió, necesariamente, algo que nunca había pasado por mi cabeza: inspiración para escribir un cuento. Me salió así en tres días consecutivos, en tres tirones, mientras pensaba en la película Los inundados, de 1963 (la recomiendo muchísimo, está en youtube), trasladada al AMBA en la actualidad. No lo pude leer en el taller, pues me salió muy largo. Lo leí en un audio, que de las 21 personas a las que se lo envié, sólo 6 me lo leyeron. Por suerte les gustó.
Acá va el texto. Prometo también enviarles el audio
LA CASA-BARCO o LA CASA FLOTANTE
Por Luis F. Gobea
Todo
empezó la noche de la sudestada, que nos tenía a todos bastante asustados; en
mi casa estábamos pendientes de si nos
tendrían que evacuar o no, como a tanta gente, y viendo qué nos llevaríamos,
porque si no venían a evacuarnos si la cosa se complicaba más, llegado el caso
nos tendríamos que autoevacuar, y a dónde. El alma en un hilo, che.
Pero en la tele se hablaba de otros
barrios en peligro, del nuestro no hablaron para nada, lo que nos hizo sentir más seguros. Así que esa noche nos acostamos bastante tranquilos. No sé, capaz
que uno en esas situaciones el cerebro trata de mantener la calma, porque la
desesperación provoca un desastre mayor todavía.
La mañana siguiente la empezamos despertándonos bastante
asustados, todos un poco mareados, al principio nos parecía que todo se movía,
y no entendíamos qué nos estaba pasando. Hasta que vimos que no sólo nos parecía,
cuando vi cómo el velador se desplazó por la mesita de luz y cayó al suelo,
mientras yo iba a parar contra la pared y mi mujer casi cae de la cama rodando.
El susto ya iba en aumento, creíamos que se trataba de un terremoto,
imagínense. La casa se movía como bamboleándose, pero sin ruidos, sin
rajaduras, nada. Abrí la ventana y me desgañité porque ya no entendía nada lo
que estaba viendo: no veía la calle, los edificios, nada. ¡Veía agua!
¡Estábamos en medio del agua! Ya ahí, el
susto no se nos había ido, y ahora, una sorpresa, un estupor que nos dejó sin
aliento.
En un rapto de lucidez, le grité a mi hijo
mayor, que entre recitales, boliches, partidos de fútbol en el estadio y
carreras de motos clandestinas ya está bastante acostumbrado a qué hacer ante
el peligro en situaciones inesperadas:
–¡Ni se te ocurra abrir la puerta de
casa, a ver si se nos llena de agua y nos inundamos!
El más chico, en cambio, que tiene 10
años, lo tomó con entusiasmo, convencido de que al fin iba a poder vivir un
hecho extraordinario como en las películas.
–¡Otra que Jumanjí! ¡Qué bueno!, exclamó mientras
venía a mirar sin perderse nada, sin vestirse siquiera y en patas.
Mi mujer, que ya se había terminado de
levantar, recién salía del baño, ya arreglada. Le hice saber que me asombraba
la calma con que se tomaba todo, al fin de cuentas, su vida no era como la de
nuestro hijo mayor.
–Es que vos nunca te diste cuenta, en esta casa siempre hemos andado sin rumbo, a la deriva, adonde la corriente nos lleve. Si estamos a flote y el agua no nos tapó es porque una dentro de todo hace lo que puede, porque lo que es por vos, siempre estás en otra. Y te aclaro: si esto es un barco, o una casa flotante, estamos sin capitán…
Así que asumimos que todos estábamos
navegando, en una casa flotante en medio del ancho río color de león.
II
Una vez que reconocimos nuestra nueva realidad,
algo había que hacer, así que decidí llamar a una reunión familiar. Por
supuesto que nadie sacaba de su alegría a Pablito, el más chico de la familia,
que saltaba en una pata porque no iba a tener que ir a la escuela.
Enseguida
Charly, mi hijo mayor, que le decimos
así porque habla medio como Charly García y siempre se manda alguna noticia con
su vida, se apresuró a querer demostrar que él la tiene siempre clara,
hablando, por supuesto, y nos empezó a dar clase de organización:
–Es muy simple. Acá lo primero que
tenemos que hacer es fijarnos un objetivo, adónde queremos ir, con qué
recursos contamos, y organizarnos como equipo para lograrlo, decirdir qué rol le
corresponderá a cada uno. Y un tema no menor: cómo nos vamos a alimentar cuando
se nos termine lo que hay en la heladera y en las alacenas.
Pero ahí nomás se terminó lo simple. Yo pensaba que debíamos volver al barrio. Si bien la casa había demostrado estar en condiciones de funcionar como una embarcación sin hundirse, y quizás esa sería nuestra realidad definitiva, necesitábamos hacernos de un ancla para poder fijar nuestro domicilio, y debíamos volver a nuestro entorno conocido, con sus negocios para abastecernos, sus medios para desplazarnos y otras necesidades. Mi mujer, en cambio, quería darse el gusto de salir de la rutina de siempre, salir a conocer el mundo, y quizás radicarse en algún otro lugar mejor al barrio inundable donde vivíamos. Ahí se armó otro debate sobre qué entendíamos por mejor, en qué aspectos. Cuando logré calmar los ánimos y volver al tema que nos convocaba, se me ocurrió que todavía no habíamos advertido que el problema siempre sería cómo desplazarnos a donde nosotros quisiéramos ir, con qué fuente de energía y cómo orientar el rumbo.
–¡Necesitamos una brújula, lógico! –saltó
enseguida el Charly.
–Sí, y mientras tanto nos orientaremos por
las estrellas –le tapé la boca–. Pero a lo que me refería es a cómo lograr que
vayamos a donde queremos, y no adonde la
corriente nos lleve (subrayando la ironía de esta última frase).
–Bueno, barco a vapor, imposible, porque
se nos quemaría la casa. Y motores, tampoco tenemos –aportó mi mujer, siempre
rápida para las negativas.
–Por lo tanto, sólo nos queda usar las
sábanas como velamen, y buscar algún tutorial sobre cómo hacer paneles de
energía solar caseros –dije con tono grave, sacando pecho, sintiendo que
demostraba tener la propuesta concreta más lúcida, y que veía soluciones donde
otros veían solamente problemas.– Andá buscando en internet.
–Con respecto a los alimentos, habrá que
ir viendo cómo pescar algo con alguna red que todavía no sé cómo la podríamos
hacer, ya que tanza y
anzuelo no tenemos.
–Bueno, ¿y quién va a dirigir a la tripulación? ¿Ustedes? –preguntó mi mujer, dirigiéndome una mirada penetrante.
Silencio como respuesta.
–Está biénnn! –exclamó con mezcla de
orgullo y rabia–. No me quedará otra que ser yo, como siempre… ¡No sé para qué
usan pantalones!
En
eso apareció mi hijo menor, que había largado la play, y que alcanzó a escuchar
algo del intercambio democrático de pareceres, y nos interrumpió, retomando el rumbo de la
conversación:
–Y?
A dónde vamos?
III
Todavía estábamos sin definir a dónde dirigirnos. La silenciosa cara de enojo de la patrona, la expresión de aguante de mi parte para no reavivar el fuego, el gesto de ma sí, del hijo mayor, y la ansiedad a flor de piel del más chico, no sé si lograban crear el clima necesario para la reflexión serena y el diálogo para llegar a un acuerdo. Porque uno cree ver lo que piensa por dentro, pero no vé lo que expresa con la cara. Mientras tanto, íbamos haciendo el registro de alimentos, sábanas y botellas de plástico aptas para hacer la pantalla solar, y grandes bolsas para sumergir en el agua y ver si lográbamos embolsar algunos pescados.
De repente,
apareció Pablito con expresión de noticia bomba.
––Tenemos más seguidores que Wanda y la
China Suárez! Si seguimos así, vamos a ser más famosos que L-Gante!
Venía mostrando sus redes sociales en el
celular, levantado en alto como si fuera la estatua de la libertad con la
antorcha en la mano.
–¡Vamos primeros en Instagram, en tik-tok y estamos en todos los canales de la tele! ¡Hasta el Papa se refirió a nosotros!
Así que nos enteramos que mientras
nosotros discutíamos, él tomó las fotos que pudo y había estado subiendo la historia de nuestra
casa flotante por todos los medios. Y además, el enano había subido una
grabación del Charly cantando “La balsa” que empezó a hacer furor entre pibes
que nunca la habían escuchado en su vida. Vieran las caras de sorpresa, todos
nos abalanzamos sobre el celular para ver las imágenes y comentarios.
–Enviámelo a mi Facebook así lo comparto!
–exclamó mi mujer manoteando su celular.
El Charly tenía una expresión medio
complicada, de satisfacción por la fama por un lado y de uy Dio, qué quemazo
por otro.
Así que el clima cambió completamente.
IV
A
partir de ahí, nuestra vida dio un giro imposible de creer.
En eso estábamos, haciendo todos lo que
teníamos que hacer con un entusiasmo digno de San Martín organizando el cruce
de los Andes, o para ser más precisos, de hinchas que se preparan para ir a la
cancha a ver la final de la copa.
Primero empezamos a ver sobrevolar sobre
nosotros bandadas de drones que nos filmaban, algunos durante mucho tiempo, y
nos acompañaban en nuestro viaje con destino a Ninguna Parte, es decir, a Quién
Sabe Dónde.
Un día o dos después, sentimos el ruido
ensordecedor de un motor echando viento sobre nuestras cabezas. Era el
helicóptero de un canal de televisión que venía a hacernos una nota, con la
promesa que podría ser la primera de una serie que fuera acompañando nuestro
viaje. Así que empezamos a contar nuestra historia: que la noche de la
sudestada, que no nos imaginábamos que iba a ser tan fuerte, y cuando nos
parecía que ya había pasado nos acostamos a dormir, y que al despertar, bueno,
lo que nos encontramos, ¿no?
Pero la gringa, mi mujer, enseguida puso lo mejor de sí, que es su gran talento, como buena vecina cuando aparecen las cámaras, para interpretar un papel dramático que ni que fuera la víctima desesperada de un teleteatro mexicano. Que todo lo que nos faltaba, que estábamos repartiendo con cuentagotas los alimentos que teníamos para que alcance, que no teníamos ni siquiera una red para pescar, que las sábanas para las velas, que los paneles de energía solar, las botellas de plástico, etc. La verdad que estuvo conmovedor. Conmovedora, sí, yo decía lo que contó.
Así que enseguida el periodista metió lo
suyo haciendo un llamado a la solidaridad, que ellos iban a alcanzarnos todo lo
que nos donaran. Y anotó el número de CBU y el alias de la cuenta corriente
para recibir dinero con el que poder comprar lo que necesitáramos mientras se
resolvía el problema. Qué quieren que les diga, ni ellos ni nosotros estábamos
con demasiadas ganas de que se resolviera rápido, la verdad que se estaba
poniendo tentador este modo de vivir.
–Y no olvidemos de algo muy importante –exclamó mi hijo mayor, abandonando su forma rockera de hablar, recuperando toda la coherencia y la claridad conceptual y expresiva:
–Necesitaremos el motor, un timón, un ancla y las amarras.
Como verán, a nadie se le ocurrió pedir que nos vinieran a remolcar hasta nuestro lugar de origen, y creo que si a algún despistado se le hubiera ocurrido, todos hubiéramos llevado las manos a la espalda para que no se viera que habríamos estado haciendo los cuernitos de cruz diablo.
Eso fue el primero. Después empezaron a venir otros canales. Y cuando nuestra popularidad fue en aumento, apareció también gente del gobierno de la ciudad para ofrecernos todo lo que necesitáramos. También dirigentes políticos de los partidos que le vieron la posibilidad de hacer campaña y sacarse fotos con nosotros. El teléfono no paraba de sonar, por los mensajes de las redes todos los medios querían entrevistarnos, sacarnos fotos, filmarnos, hasta seguidores que nos pedían fotos con dedicatorias; en fin, la fama.
En un chispazo de lucidez, me avivé que a
partir de entonces teníamos que ponerle un precio a todas esas cosas, nosotros
ya no necesitábamos tantas, que ya ni nos cabían en la casa-buque, sino
que los medios nos necesitaban a nosotros para atraer a su público.
–Estás loco –me paró en seco mi mujer–, de
ninguna manera vamos a perdernos todas estas donaciones. ¿Te das cuenta de que lo
que nos sobra podemos venderlo por
internet y tener una cuenta más jugosa todavía? Hasta un comercio flotante
podemos tener para todos los que andan navegando, o parando en los puertos. ¿O
nunca subiste a visitar un barco y comprar cosas importadas más baratas?
–Sí, de contrabando… Pero se nos puede
venir la AFIP encima con las denuncias que vamos a tener, y ahí se nos vienen
como lobos todos los que ahora nos hacen notas y llamados a la solidaridad.
–Podemos blanquearlo, sin ningún problema,
si total lo que nos donan no tiene costo para nosotros… –respondió astuta la
gringa.
–Yo tengo la solución –terció el Charly,
demostrando tener algo de sentido común, sin duda que heredado de su padre…
Así que con esa carga genética visible, todos pararon la oreja para escucharlo
con atención–. No pedirles dinero a cambio de notas a los periodistas que nos
están dando una mano con los pedidos, porque sería matar a la gallina de los
huevos de oro… A menos que nosotros los tengamos de plomo… Pero a la gilada que
nos pide autógrafos, a los que quieran escucharme cantar, y esas cosas de amateur,
sí… Hasta podríamos ir con pies de plomo, y hacer lo que hacen todos, para no
caer tan mal: por ejemplo, a los que nos piden que los rocemos con nuestra
fama, les enviamos nuestro número de cuenta, y si nos mandan algo, ahí sí les
devolveremos nuestro agradecimiento con videos, fotos y canciones
personalizadas, y así sí. Total, si todos lo hacen, no está mal…
Enseguida Pablito lo apretó con una
condición ineludible y perentoria:
–Yo te grabo todo, pero quiero acompañarte
cantando, que mamá o el jovato nos filmen.
Un poco porque la propuesta era coherente, y otro porque una madre es una madre siempre, la gringa aceptó la moción, a partir de eso el flaco comenzó a ser escuchado como una autoridad en la familia. No hay nada más lindo que la familia unita.
V
Y así seguimos navegando, no importa a
dónde, a Ninguna Parte, que no se trataba de eso, sino de seguir haciendo
negocio sin rumbo fijo.
El
Charly agarró una hoja canson y unos crayones y dibujó un poster con la imagen
de la casa en medio del ancho río, con la imagen de un yogui en posición de
loto, y la leyenda: “Cuando llegamos a la esencia nuestro ser, y nada más,
todo lo bueno viene a nosotros sin esfuerzo.” Y otro con letra más grande: “No
es necesario nada más que ser lo que somos sin más aditamentos externos
alienantes”. Después le sacó fotos, lo publicó y lo vendió por las redes. Hijo
‘e tigre…
Hoy hace ya un año y pico que vivimos así. Y todos felices, somos como somos, y no discutimos más por pavadas que no conducen a ninguna parte. Total, ya estamos en cualquier parte y todo bien. Los negocios marchan bárbaro, y hemos engordado la cuenta bancaria hasta volverla hiperobesa, pero no dejamos de cuidarla, nada de lujos raros que hasta nos cambiaría tanto la imagen que la gente tiene de nosotros mismos y se nos podría volver en contra. De todos modos, nada dura para siempre, así que ser precavidos.
Mientras tanto, se desató la polémica.
Algunos sostienen la idea de que es una barbaridad, que los gobernantes no
hacen nada para resolver nuestra dramática situación, y los alternativos de
distinto signo nos toman como ejemplo a seguir: unos porque no necesitamos del
estado para vivir, otros porque nos ven como la materialización de ideales
hippies o anarquistas, otros como los que en medio de la crisis hemos
encontrado un camino real posible, una oportunidad donde otros ven un problema,
y otros nos ven como una familia que no tiene nada que ver con nada, que hacemos
nuestra vida y punto, sin ideologías ni grupos de poder.
Claro que hay también gente que sostiene (te lo digo en
voz baja, yo no dije nada, eh) que mientras siguen discutiendo qué somos
nosotros, qué simbolizamos, y agitan sus puntos de vista que más que una
grieta parece un descuartizamiento con más de cuatro caballos que tiran para
todos los lados posibles. A quién descuartizan? A la verdad, a la solución de
los problemas que critican, a la lógica, a la inteligencia, a la sensibilidad… (Como
te iba diciendo, mientras ellos discuten por ver quién tiene razón, hay mucha
gente que con la sudestada se quedó sin casa. Y con mucha gente que la pasa
mal…Y otros que ya ni siquiera la pasan, che, ni bien ni mal, porque ya no
tienen nada que contarle a los medios…Porque ya ni siquiera están, viste… Y de
esos, ni se acuerdan, ni hay campañas solidarias, ni nada… Pero en fin,
nosotros no lo vamos a resolver… Pero no somos giles, viste… Las cosas se
cuentan solas, sólo hay que saber mirar, te acordás de Piero? Ay país… Como
dijo Belgrano, no? Ay, Patria mía…!)
Retomando el tema, señor periodista, lo
que yo sí estoy convencido es que este país, perdón, nuestro país, tiene todas
las posibilidades para salir adelante. Yo ni pienso en irme a vivir a otro
país. Si no resolvemos nuestros problemas acá, dónde. Olvidate. Qué país que
tenemos, pibe, qué país…! Si nos diéramos cuenta…
No hay comentarios:
Publicar un comentario