No,
mi corazón no es mayor que el mundo.
Es
mucho menor.
En
él no caben ni mis dolores.
Por
eso me gusta contarme.
Por
eso me desnudo, por eso me grito,
por eso frecuento los periódicos, me expongo crudamente en las librerías: necesito de todos.
Sí,
mi corazón es muy pequeño.
Sólo
ahora veo que en él no caben los hombres.
Los
hombres están aquí afuera, están en la calle.
La
calle es enorme. Mayor, mucho mayor de lo que esperaba.
Pero
tampoco en la calle caben todos los hombres.
La
calle es menor que el mundo.
El
mundo es grande.
Tú
sabes qué grande es el mundo.
Conoces
los navíos que llevan petróleo y libros, carne y algodón.
Viste
los diferentes colores de los hombres,
los
diferentes dolores de los hombres,
sabes
qué difícil es sufrir todo eso, amontonar todo eso
en
un solo pecho de hombre... sin que estalle.
Cierra
los ojos y olvida.
Escucha
el agua en los vidrios,
tan
calma. No anuncia nada.
Mientras
se escurre en las manos,
¡tan
calma!, lo va inundando todo...
¿Renacerán
las ciudades sumergidas?
Los
hombres sumergidos —¿volverán?
Mi
corazón no sabe.
Estúpido,
ridículo y frágil es mi corazón.
Sólo
ahora descubro
qué
triste es ignorar ciertas cosas.
(En
la soledad del individuo
olvidé
el lenguaje
con
que los hombres se comunican.)
Antaño
escuché a los ángeles,
las
sonatas, los poemas, las confesiones patéticas.
Nunca
escuché voces de gente.
En
verdad soy muy pobre.
Antaño
viajé
por
países imaginarios, fáciles de habitar,
islas
sin problemas, no obstante agotadoras y convocando al suicidio.
Mis
amigos partieron a las islas.
Las
islas pierden al hombre.
Entretanto
algunos se salvaron y
trajeron la noticia de que el mundo, el mundo grande está creciendo todos los días
entre el fuego y el amor.
Entonces,
mi corazón también puede crecer.
Entre
el amor y el fuego,
entre
la vida y el fuego,
mi
corazón crece diez metros y estalla.
—¡Oh
vida futura!, nosotros te crearemos.
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