por Luis F. Gobea
I
Soy un hombre común,
de placeres sencillos,
no pido nada a cambio de sentir que estoy vivo.
Amo la fresca sombra de los árboles en
verano,
el aroma de la tierra cuando llueve,
caminar por las calles oyendo el canto
de los pájaros,
el murmullo del arroyo,
y cuando voy al mar
caminar por la
orilla al atardecer,
mirar el oleaje calmo por las noches
mientras un saxo se desliza sensual por
la piel de alguna bossa nova.
Y eso sí, amo también
el canto a la vida de las bellas mujeres
en bikini.
II
He leído bastante, ése es mi oficio:
Marx y Heidegger, Sartre y Victor
Frankl,
García Márquez, Borges, Vargas Llosa,
Cortázar,
con Philipe Marlowe y Maigret,
dialogando con Sherlock Holmes y Poirot,
y Martín Fierro con Don Segundo Sombra
con los angustiados de Roberto Arlt;
compartieron conmigo sus razones y
verdades,
métodos y utopías,
en mi absorta soledad perdiendo
el sentido del tiempo y las certezas.
Pero disfruto de las charlas de café con mis amigos del bar
que saben englobar las cuestiones más
profundas
en una frase clara,
sin laberintos ni criptografías,
con metáforas y comparaciones de bolsillo
de un modo apto para el consumo
cotidiano,
justificadas con ejemplos concretos,
reales o ficticios,
regadas con oportuno humor, ironías y
paradojas.
o con un simple gesto que lo dice todo.
Cuando el debate se pone apasionado
ellos dominan como nadie
las mejores estrategias y tácticas de la
esgrima verbal,
los recursos de argumentar y
contraargumentar,
pulverizando falacias y discursos
hipócritas,
y ante las diversas opiniones
una metáfora oportuna sella el broche
final con una unificadora carcajada,
adelantando que el juego ha terminado.
Enrique, el zapatero lector de Faulkner,
Manuel, almacenero próspero y timbero,
como su amigo Aníbal, empleado de
farmacia y hombre de la noche,
Roberto, el carpintero disc-jockey,
Vicente el carnicero,
no hablan de abstractos autores
desconocidos y teorías,
comentan, interpretan, sacan
conclusiones
de historias cercanas y vivencias
de Juan, Pedro y María;
se preguntan e informan
sobre lo que le pasa a alguno que estos
días no viene;
nunca averiguan por quién
están doblando las campanas.
Ellos no necesitan
demasiado entretenimiento con pantallas.
En el fondo son grandes o modestos
soñadores con mirada
de niños con experiencia
y hasta algún delirante nos sumerge en
el absurdo
que me deja pensando.
Con ellos, pese a todo,
la vida y la cultura
son una misma cosa, como el agua clara:
una verdadera fiesta,
una obra abierta
poblada de acontecimientos memorables
en su transcurso sin comienzo ni fin.
Cuando alguien me pregunta
qué hacés en este pueblo,
por qué no te vas a una ciudad,
simplemente sonrío,
como si no valiera la pena contestar.
La gente suele no entender
que es bastante compleja
la gente común de placeres sencillos.
Y me quedo pensando
que en el desierto suele haber un oasis.
¿Habrá, yo me pregunto,
una mesa de un bar
con amigos así
en alguna esquina
de ese incierto lugar que algunos llaman cielo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario