Ellas vienen a mí
cuando se va la lluvia
y la tormenta amaina,
con sus vestidos de sombras
y la ternura de sus miradas lánguidas
calmas como la noche
cuando la noche es calma.
Viejas amigas de un tiempo y un país
que ya no existe cuando lo miramos
pero que todos ven en la mirada nuestra:
cierto aire cansado de haber cruzado
inviernos
que de repente vibra, corre, sueña
como si el tiempo transcurriera a la vez
en almanaques de distintas épocas.
Yo las sigo amando
como a todo lo que fue y no pudo ser.
Como yo saben bien
que la vida es hermosa
cuando la muerte no muere
porque forma parte de la vida.
Ellas también me amaron
Qué
tiene de raro eso
cuando se comparte el latido de los
sueños
las estrellas y el suelo que pisamos
sobre el paisaje amado
que a su vez nos interpela e interpreta.
Por eso se aparecen cada vez
que me acomodo en un sillón
frente al ventanal sin tiempo
para sumergirme en mi mar interior
cuando me refugio a escuchar música sacra:
las bossas novas por Sinatra y Jobim,
un tango melancólico con ritmo de bailar
la vida
un lento saxo que se desliza suavemente
sobre el blues
o alguna bella zamba por Julia Elena
Dávalos,
y recupero mi real
documento inmaterial de identidad.
No me interpelan ni aconsejan
Simplemente comparten el momento;
están junto a mí,
las
llevo bajo mi piel
al salir a caminar por los dos mundos
con la sonrisa feliz
aunque nadie entienda por qué
pero sí adviertan
que se trata realmente de algo raro
que quizás valga la pena investigar.
II
Otras veces, en cambio,
provocan mi reacción con sus
insinuaciones.
—Ni se te ocurra interpretarnos,
como si fueras un estudiante de psicología
en el bar de Filosofía y Letras,
—me susurra Mónica, que siempre está de vuelta
y ha descubierto que los discos y los
libros
no deben valorarse sólo por su portada
ni una buena canción por su estribillo—.
—Te quisimos porque no te ponías en ganador…
Conocías el secreto de la comunicación y
el encuentro
—me informa Laura, con su dulce encanto de adolescente
ingenua—.
Siempre vivías las cosas como si te sucedieran
o te estuvieran esperando a cada paso.
—Y sobre todo, porque sientes
que la delicia de comer no está sólo en el
acto
sino en saber captar aun antes y después lo
sabroso del plato
—observa
sabiamente Inés, la experta cocinera,
maestra también en las artes del amor.
No les contesto, sólo pienso en Claudia,
la que lograba en silencio, sólo con la
magia de su cuerpo radiante,
que yo me concentre en sentir
con la conciencia de mi piel
lo que mis ojos percibían.
III
Ellas volverán sin que yo las convoque.
No las aguardo, pero no las olvido,
viejas amigas que cruzan por el tiempo.
Saben que no es lo mismo
la historia que la vida
y que el pasado siempre
nos encuentra a la vuelta de la esquina,
bajo el arco iris
cuando la lluvia calma
y amaina la tormenta.
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